El triunfo electoral en Colombia se suma a un giro conservador en América Latina, mientras Trump amplía su influencia en la región
Abelardo de la Espriella se llevó la presidencia de Colombia el fin de semana del 23 de junio, consolidando una tendencia que inquieta a quienes esperaban que América Latina profundizara sus gobiernos progresistas. Lo que pasó en las urnas colombianas no fue un voto aislado: fue el reflejo de un realineamiento político más amplio en la región, donde la derecha ha recuperado terreno con una estrategia clara y, según CIMAC, con el respaldo explícito de Donald Trump.
Que un candidato de derecha en Colombia sea avalado públicamente por el exmandatario estadounidense no es un detalle menor. Es un síntoma de algo más profundo: la reconfiguración de alianzas hemisféricas que ha comenzado a redefinir el mapa político latinoamericano. De la Espriella llega a la Casa Nariño con una narrativa que suena familiar en toda la región: orden, seguridad, desconfianza hacia lo que llama la «izquierda radical» y apertura a inversiones extranjeras sin las regulaciones que caracterizaron a gobiernos progresistas anteriores.
Lo que hace particular el caso colombiano es la magnitud del cambio. Colombia fue el laboratorio de la política estadounidense en América Latina durante décadas: Plan Colombia, militarización de la frontera sur con Venezuela, presencia de contratistas privados estadounidenses en operaciones paramilitares. Un gobierno de De la Espriella probablemente profundizará esos vínculos, no los cuestionará.
Pero Colombia no es un caso aislado. En El Salvador, Nayib Bukele consolidó un modelo autoritario que ningún medio estadounidense cuestiona porque su retórica es la correcta: mano dura contra las pandillas, criminalización de la protesta social, debilitamiento de las instituciones democráticas a cambio de promesas de seguridad. En Argentina, Javier Milei llegó con un discurso libertario que promete desmantelar el Estado, y las inversiones estadounidenses ya están llegando. En Paraguay, en Uruguay, en otros rincones de la región, candidatos de derecha han ganado espacio.
Esta ola no es accidental. Responde a una estrategia consciente de restauración conservadora después de casi dos décadas en las que gobiernos progresistas intentaron, con resultados desiguales, cuestionar la subordinación económica de América Latina al capital norteamericano.
Lo que preocupa a quienes han trabajado en movimientos sociales y comunidades populares en toda la región es qué significa esto en la práctica. En Colombia, significa probablemente menos protecciones para los campesinos cocaleros del Cauca y Nariño, más apertura a megaproyectos extractivos en territorios indígenas, posibles retrocesos en los acuerdos de paz de 2016 que ya estaban siendo desmantelados. Significa también una política migratoria más dura: Colombia es un país de tránsito para centroamericanos que huyen de la violencia generada por gobiernos como el de El Salvador, y una presidencia de derecha probablemente cerrará puertas que antes estaban parcialmente abiertas.
También significa, sin decirlo explícitamente, una alineación más clara con Washington en política exterior. Un presidente De la Espriella probablemente será menos crítico con el embargo a Cuba, menos dispuesto a defender la soberanía energética de Venezuela, menos inclinado a cuestionar las intervenciones estadounidenses en la región.
Lo que está sucediendo en Colombia refleja algo más profundo: la capacidad de las elites de restaurar su poder político después de años de erosión. Las mayorías trabajadoras en Colombia enfrentan desempleo, precarización, reducción de salarios reales. Esas condiciones crean espacio para promesas de orden y estabilidad, sin importar quién las haga ni qué clase las haga.
Pero también refleja el fracaso relativo de gobiernos progresistas anteriores en profundizar cambios estructurales. Si la izquierda en Colombia hubiera logrado, durante años, redistribuir riqueza de manera radical, mejorar salarios, fortalecer servicios públicos de calidad, quizás De la Espriella no estaría celebrando hoy su victoria.
Lo que sucede en Colombia ahora tendrá consecuencias para todo el continente. Un gobierno de derecha en la segunda economía más grande de América del Sur, aliado directo de Washington, significa menos espacio para gobiernos progresistas en países vecinos, menos integración latinoamericana independiente, más presión sobre Venezuela y Nicaragua, más espacio para megaproyectos extractivos que beneficiarán a corporaciones multinacionales a costa de territorios y comunidades.
La derecha en América Latina no ha ganado porque sea más popular. Ha ganado porque ha logrado articular una narrativa simple en tiempos de crisis económica, porque cuenta con recursos de medios masivos que amplían su voz, porque tiene el respaldo de gobiernos como el de Trump que ven en ella un garante de sus intereses geopolíticos y económicos en la región.
Ahora le toca a los movimientos sociales, a las comunidades, a quienes resisten, adaptarse a este nuevo escenario. Colombia acaba de elegir. El continente observa.
Por Martin Salazar