En el Istmo de Tehuantepec, indígenas de Oaxaca luchan por su territorio mientras empresas transforman el paisaje sin consultarlas
María Elena cierra los ojos cuando habla del viento. No es poesía. Es memoria. Lleva dos décadas oyendo cómo ese viento que sus abuelas conocían como parte de su cuerpo —como respiran, como piensan, como existen— se ha convertido en propiedad de empresas que vinieron a la noche, literalmente, a sembrar gigantes de metal en el Istmo de Tehuantepec.
Las mujeres zapotecas del sur de Oaxaca no pidieron permiso para nacer en ese territorio. Tampoco pidieron permiso las corporaciones para transformarlo. Esa es la historia que ha pasado desapercibida en cada reunión de gabinete, en cada boletín sobre "energías limpias", en cada promesa de desarrollo que suena bien en la capital pero que se ve diferente cuando estás de pie en una comunidad donde los parques eólicos ya ocupan más tierra que las casas.
Según Lado B, mujeres indígenas zapotecas del Istmo de Tehuantepec llevan dos décadas defendiendo su territorio contra la instalación de parques eólicos. Los proyectos han transformado el paisaje local de manera irreversible y han violado sistemáticamente el derecho a la consulta previa —ese derecho que existe en los papeles, que está en el Convenio 169 de la OIT que México firmó, que aparece en constituciones y leyes, pero que en Oaxaca parece ser una sugerencia.
"Nos dijeron que iba a ser para el bien de todos", recuerda Rosa, otra defensora, mientras señala hacia el horizonte donde antes veía el perfil de las montañas. "Ahora veo molinos. Cientos de molinos. Y nosotras seguimos pagando la luz cara, como si el viento que nació en nuestra tierra no fuera nuestro."
Esa contradicción no es casualidad. Es la estructura. Los parques eólicos generan ganancias que se van a corporaciones multinacionales y a algunos gobiernos estatales que negocian a espaldas de quienes realmente habitan la tierra. Las comunidades zapotecas, que han cuidado ese territorio durante siglos, quedan afuera de la ecuación.
La violación del derecho a consulta previa es lo que duele más a estas mujeres. No es un trámite administrativo. Es un derecho fundamental que reconoce que los pueblos indígenas tienen el derecho a ser consultados antes de que se ejecuten proyectos que afecten sus tierras, sus recursos, su forma de vida. Pero en el Istmo, ese derecho llegó después de que los molinos ya estaban sembrando raíces. La consulta, cuando la hubo, fue una formalidad. Un acta. Una firma. No fue un diálogo.
Lo que ha pasado en dos décadas es un cambio de paisaje que es también un cambio de identidad. El viento del Istmo no es solo aire que mueve aspas de turbinas. Es parte de la cosmología zapoteca. Es parte de cómo entienden el mundo, cómo se entienden a sí mismos. Cuando el viento se convierte en mercancía, cuando se cosecha sin permiso, algo más que territorio se pierde.
Estas mujeres no son víctimas esperando ayuda. Son defensoras. Están en asambleas. Están documentando. Están en juzgados. Están diciendo no a un modelo que llama "progreso" a lo que para ellas es despojo.
Lo que ocurre en el Istmo de Tehuantepec ocurre en muchos lugares de México donde hay recursos. Donde hay viento, agua, minerales. Siempre la misma fórmula: proyecto externo, promesas de empleo que no llegan o llegan precarias, transformación del territorio, ganancias que se van lejos, daños que quedan acá. Y siempre, gente —muchas veces mujeres, muchas veces indígenas— que tiene que estar de pie diciendo: esto es nuestro, esto importa, nosotras importamos.
Dos décadas de lucha. Dos décadas de decir no. Dos décadas de defender el viento mientras el viento no las defiende a ellas. Esa es la historia que merece más que un párrafo en un periódico grande. Esa es la historia que define qué tipo de país es México: uno que escucha a las mujeres indígenas que defienden su tierra, o uno que sigue sembrando molinos en territorios que no le pertenecen.
Por Diana Torres