El 70% de rezago en registro telefónico rural expone la brecha entre tecnología y realidad campesina

En la comunidad de San Miguel Chichimiquila, en Puebla, Don Aurelio tiene un problema que resume la paradoja de la México digital: consiguió un teléfono celular, pagó su línea, pero no puede activarla porque el gobierno le pide que se tome una selfie para comprobar su identidad. Don Aurelio tiene 68 años, nunca ha usado cámara frontal, su conexión a internet es lenta, y cuando logra abrir la aplicación, la luz de su casa no le permite que la foto salga clara.

Este es el retrato real detrás del dato que reporta la industria: según Expansión, el proceso de registro telefónico en México enfrenta un rezago del casi 70% en zonas rurales. Uno de los principales obstáculos es precisamente el requisito de selfie desde la plataforma de registro para validar identidad de usuarios.

Para ponerlo en contexto: estamos hablando de millones de personas en el campo mexicano que, después de décadas sin acceso a comunicación confiable, ahora tienen la oportunidad de conectarse. Pero esa oportunidad llega con una condición que asume acceso a tecnología que no todos tienen. No es un requisito neutral. Es una barrera disfrazada de seguridad.

La lógica del requisito tiene sentido en teoría: las empresas telecomunicaciones necesitan validar identidades, prevenir fraude, cumplir con regulaciones. Pero en la práctica, esa validación biométrica se convierte en un filtro que reproduce las desigualdades del país. Quien vive en la ciudad, con internet confiable, iluminación adecuada y familiaridad con tecnología, completa el registro en minutos. Quien vive en el campo, con internet intermitente, en casas con mala iluminación, sin experiencia previa con estas plataformas, termina excluido.

Esta no es la primera vez que México toma decisiones digitales sin pensar en quién queda atrás. El padrón electoral digital, el CURP en línea, los trámites gubernamentales que migran a internet — todos repiten el mismo patrón: se asume acceso que no existe de manera universal. Se asume competencia digital que toma años desarrollar. Se asume que la barrera tecnológica es igual para todos.

Los números refuerzan lo que los afectados ya saben. Un rezago del 70% en zonas rurales significa que de cada diez personas que quieren registrarse, siete se quedan fuera. Eso no es un problema administrativo — es una decisión política. Alguien en una oficina eligió que la validación fuera a través de selfie, sabiendo o sin saber que esto excluiría a millones.

Y hay una ironía más profunda: estas son las mismas zonas que históricamente han estado desatendidas en infraestructura de telecomunicaciones. El campo mexicano llevaba años esperando conectividad. Ahora que empieza a llegar, se la ofrecen con condiciones que la mayoría no puede cumplir.

Los costos están en todos lados. Para las personas, la frustración de no poder comunicarse con sus hijos en la ciudad, de no poder acceder a servicios bancarios que requieren número telefónico, de quedarse más atrás en un mundo donde la identidad digital es cada vez más importante. Para la economía rural, significa menos participación en mercados digitales, menos capacidad de vender productos, menos conexión con oportunidades.

No es un problema sin solución. Otros países han resuelto esto permitiendo validación por múltiples caminos: datos del INE, visita a sucursal, validación por terceros, incluso selfies con la ayuda de personal capacitado en puntos de atención. Pero eso requiere inversión, paciencia, reconocer que la inclusión digital cuesta dinero y requiere diseño pensado en la realidad mexicana, no en el mundo ideal de las empresas.

La pregunta que debe hacer cada funcionario y cada ejecutivo de telecomunicaciones es simple: ¿para quién es esta tecnología? Si la respuesta es "para todos", entonces no puede dejar fuera al 70% de la población rural. Si la respuesta es "para quienes ya están conectados", entonces dejen de fingir que es inclusión.

Mientras Don Aurelio sigue intentando tomarse una selfie que salga bien, en alguna oficina corporativa alguien reporta el éxito de la migración digital. Los números crecen. La cobertura aumenta. Todos ganan. Todos menos quienes crecieron sin la chance de practicar cómo verse a una cámara.


Por Luis Ramos