Las torres industriales llegaron a Topolobampo, pero la comunidad indígena de Sinaloa no se rinde. Su lucha cruza fronteras.

En Topolobampo, Sinaloa, las torres de acero de una planta de amoniaco ya están en el terreno. Pero no están solas. A su alrededor hay una resistencia que lleva más de diez años tejiendo redes, convocando asambleas, bloqueando caminos y viajando hasta Alemania para frenar lo que consideran una sentencia de muerte para su territorio.

Los yoreme-mayo no se equivocan cuando dicen que esto es una batalla de largo aliento. Según Lado B, la oposición indígena a este megaproyecto ha durado más de una década, pero se intensificó recientemente con la llegada de las estructuras industriales de grandes dimensiones. Lo que era una amenaza en el horizonte ahora es un acero visible, tangible, pisando su tierra.

Y eso cambió todo.

La llegada de las torres: el punto de no retorno

Hasta hace poco, la resistencia se movía en los espacios institucionales: consultas previas que no eran tales, promesas de diálogo que no llegaban a puerto, documentos que se perdían en los escritorios de la Secretaría de Medio Ambiente. El conflicto tenía la velocidad de la burocracia.

Pero cuando las grúas levantaron las primeras torres, la burocracia dejó de importar.

Lo que pasó después no fue sorpresa: fue matemática política. Cuando una comunidad ve que el Estado permitió instalar infraestructura en territorio que consideran sagrado y que depende de sus recursos naturales, comprende que la negociación se agotó. La única opción es la movilización.

Y los yoreme-mayo la convocaron.

De Sinaloa al mundo

Lo que impresiona no es solo que se movilicen. Es adónde llegó la lucha.

Las protestas no se quedaron en Topolobampo ni en las calles de Culiacán. Cruzaron la frontera norte hasta Estados Unidos. Llegaron a la Ciudad de México, donde indígenas, ambientalistas y organizaciones de derechos humanos convergieron bajo el mismo lema. Y, en un gesto que muestra cómo funciona hoy la solidaridad internacional, la resistencia también se plantó en Alemania.

Alemania. El país de origen de una de las empresas que financian o participan en este proyecto.

Eso no es casualidad. Cuando una lucha indígena mexicana convoca movilizaciones en el norte de Europa, significa que hay redes internacionales de solidaridad activadas, que hay organizaciones ambientalistas globales conectadas, que el conflicto se entiende no como un asunto local sino como un síntoma de un modelo que se repite: corporaciones multinacionales extrayendo recursos y ganancia de territorios indígenas, dejando la contaminación y la devastación para quien vive ahí.

¿Qué está en juego?

Una planta de amoniaco en Topolobampo no es un proyecto neutral. El amoniaco es insumo para agroquímicos, para explosivos, para síntesis química. Su producción requiere agua en cantidades industriales, genera emisiones de gases de efecto invernadero, produce desechos que contaminan suelos y acuíferos.

En una región como Sinaloa, donde el agua es disputada entre agricultores, ganaderos y gobiernos municipales, una planta así es una apuesta por priorizar la ganancia corporativa sobre la supervivencia de las comunidades.

Para los yoreme-mayo, que dependen de la cuenca del Fuerte, que viven del territorio que esta planta pondría en riesgo, no es abstracto. Es la diferencia entre tener agua para beber y vivir, o no tenerla.

Una década no es nada

Hay un patrón en México que vale la pena ver: los megaproyectos llegan con promesas, con estudios de impacto que dicen que todo estará bien, con diálogos que no son tales. Las comunidades se organizan, protestan, demandan. Los gobiernos prometen consultas "auténticas" que no llegan. Y luego, un día, las máquinas pesadas aparecen en el terreno.

Es lo que pasó con el Tren Maya, con presas, con carreteras, con proyectos eólicos y solares colocados en territorios indígenas sin consentimiento real.

Pero los yoreme-mayo no van a esperar a que las torres se conviertan en tubería, en chimeneas, en contaminación. Una década de resistencia les enseñó que el tiempo no cura estas heridas: las agudiza.

La consigna es clara, según reportes de organizaciones que acompañan la lucha: "No producirán ni un litro de amoniaco."

No es una promesa. Es una promesa hecha a sí mismos. Y eso es lo que aterroriza a quienes decidieron que una planta de amoniaco era más importante que el territorio donde viven los yoreme-mayo.


Por Fernando Lopez